A MENÉNDEZ
BOLTON NO ESTA TAN LEJOS
- General, no sé si usted se percató, pero ya son cerca de las diez treinta. Usted nunca se retira a su habitación tan tarde en la noche.
- Esta noche no tengo sueño, prefiero quedarme aquí. No dejes apagar el fuego de la chimenea.
- Debo insistir. El doctor…
- ¿Desde cuándo discutís mis órdenes, Gutiérrez?- la voz, firme y apacible a la vez, se diluyó entre los paneles de madera que recubrían las paredes, al tiempo que la puerta se deslizaba suave tras la salida del valet.
Cuando la soledad dio su santo y seña de silencio, el viejo dejó el libro “Facundo” a un costado del escritorio. Extrajo una pequeña llave del bolsillo del pantalón para abrir el cajón más grande del escritorio, sacó un sobre marrón que llegó desde Argentina en la mañana. Puntual, cada jueves, desde hace varias décadas recibía el mismo informe. Hojas blancas sin membrete cubiertas de datos, listados, fotos. Inesperadamente la tecnología fue salvando las deficiencias de su ancianidad, y la cada vez menor cadena de recursos humanos. Los listados dejaron de ser mecanografiados para dar lugar a papel impreso, cada vez de mejor calidad, con menos errores. Las fotos en papel brillante, obtenidas con máquinas de rollo celuloide dieron paso a las satelitales, de mejor calidad y abarcando más superficie. Con lentos movimientos sacó carpetas que tenían los listados anteriores, comparaba, hacía anotaciones, tomaba nota de recortes de diarios que también le enviaban, tachaba nombres de la lista, los agregaba a mano en la columna que estaba titulada “fugados”.
- ¿Se le escapó otro más, general? -la voz sin vida venía del sillón vecino a la chimenea.
- Llegaste, te esperaba -siempre en tono firme, de mando.
- No mienta general. Usted no espera a nadie. Usted ordena.
- Este cuerpo no soporta otro pase de revista, estoy listo para ir con vos.
- No estoy encargado en buscarlo general, hoy mi trabajo es otro.
- No me vengas con palabrería. Te conozco, sos el barquero, no hay otro trabajo para vos.
- Usted complicó todo general, no nos deja hacer nuestro trabajo. Hace cuarenta años que debimos llevar a todas esas almas que tiene listadas, pero usted no nos deja.
En esas horas Bolton era poco menos que una urbanización dormida. Esta tranquilidad fue determinante para que el general sentara sus bases allí, a pesar de estar cerca de Manchester. No le simpatizaba morir en suelo inglés, pero luego de los años que pasó en la cárcel, no quería estar a merced de tanto subversivo con poder nuevo.
- No sé de qué me hablas. Vine a este maldito suelo inglés para que me dejen tranquilo.
- General, por favor. Usted aceptó este tranquilo refugio para seguir siendo carcelero de todas esas almas.
- Me hablas de almas, de eso te encargas vos, yo ya hice mi trabajo, gané una guerra.
- General, mientras sean desaparecidos, ni vivos, ni muertos, solo gente que no está -la voz detuvo su discurso un momento -así los definió su camarada Videla.
- El general no es mi camarada, es mi superior.
- Como sea. Mientras todas esas almas sigan así, desaparecidas, no podemos realizar nuestro trabajo. Vera usted que cada tanto logran quitar nombres a la lista.
- Si, lo veo -dejo escapar apenas perceptible.
- Bolton no esta tan lejos. Algún día encontrarán esos sobres con las fotos satelitales, con los recuentos por centros de detención, con los destinos de cada uno de esos nombres. La tecnología le está ayudando, pero también les ayuda a ellos. No habrá lugar en el mundo para esconder tanto documento.
El general fijó la vista en la empuñadura de su bastón, lo odiaba, cada paso con su ayuda era un recordatorio de su decadencia. Su hora estaba llegando. Ya podría descansar.
- Estoy viejo, pronto moriré y todo esto se va conmigo.
- Bueno, veo que llegamos al punto general. Como podrá apreciar, nosotros al igual que ustedes, tenemos ciertas normas, pasos que debemos cumplir antes de completar nuestro trabajo, de barquero, como gusta usted decir -la voz casi monótona no reparaba en los muecas de fastidio del general- Entre esas reglas está el avisarle que su partida no será un descanso. Pronto su cuerpo no estará en condiciones de ser habitado, pero usted seguirá aquí, controlando esas listas, hasta que el último desaparecido deje esa condición. Será carcelero por siempre -en un cambio de tono le preguntó- ¿recuerda usted a Sísifo?
La anciana mente del general ya era un atolladero de ideas: debo estar loco, esto no está sucediendo, Sísifo es una invención, no seré carcelero eterno, tengo derecho a mi muerte, no soy un desaparecido.
- Bien pensado general. O podemos decir: en ese concepto se equivoca general. Usted es un desaparecido.
- No lo soy, soy un exilado.
- General. Usted escapó de su país. ¿Porqué no lo buscan aquí? ¿Aquellos que saben su paradero, lo harán saber? ¿Se expondrán a que se encuentre toda esa documentación? Usted ya es un desaparecido, no tiene contacto con su familia, no saben dónde vive, no tiene amigos. Nadie, excepto quienes son responsables por usted, sabe dónde respira sus últimos días. Nadie, excepto ellos, sabrá el destino de sus restos. ¿No le recuerda nada? ¿No ve alguna similitud con la situación de otros?
El general perdió el control, gritó, insultó a esa voz que venía a condenarlo, él no era un desaparecido, era un soldado cumpliendo con su deber. Gritó hasta que la desazón lo invadió, la voz ya no estaba presente. El general había caído en su propia trampa.